23 de febrero de 2016

Erase una vez el Telling Tales

Era sé una vez, como empiezan todos los cuentos, un viaje a Madrid. Todo empezó a las 4 de la mañana, antes de que el sol siquiera rozara el horizonte, nos dirigimos a la estación de Sants. Ahí cogimos el primer tren con destino Atocha, con los ojos aun pegados, esperando el momento de despertar. Vimos el amanecer por la ventana, que iluminaba nuestro camino hacia el Telling Tales.


Al llegar a Madrid chispeaba, y  teníamos 15 minutos para llegar al hotel donde se hacía el evento para montar el stand. Cargadas con todo el equipaje llegamos al “Hotel Catalonia Las cortes”. Para llegar la calle Atocha fue una de las peores experiencias del viaje, y mi compañera de viaje (Magda) y yo, nos turnábamos su peso cada dos manzanas.

La maleta pesaba porque estaba repleta de ropa, calendarios, collares y tantas otras cosas bonitas, que Magda traía para su stand. Normalmente yo suelo estar al otro lado en los eventos, pero para mí no es nuevo estar detrás de un mostrador, y me sentía en mi salsa. Aún que me pasaba todo el rato pendiente del material y de no dejar el stand solo (costumbres de la tienda supongo).  Me sentí muy feliz que algunas personas se llevaran el Calendario de Lolita a Catalunya, hay un gran proyecto detrás, y espero que la gente lo disfrute.

Intente ayudar en todo lo que pude a la organización, en los momentos más movidos del evento, y eso me ayudó a disfrutarlo más, porque vi el esfuerzo que cuesta, en parte claro. En uno de esos momentos, viví un momento muy divertido: de repente apareció Jimina, pidiéndome más espacio en la mesa, y hablándome con naturalidad extrema. Me pareció glorioso el poder de internet, y con qué familiaridad nos vimos en esos momentos.

Foto de Redtonic

Estaba todo pensado para que pasáramos un día agradable, y no salimos del hotel hasta desmontar el stand. Hubo una actividad literaria a cargo de Jimina Sabadú, a la que tenía ganas de participar, pero estaba agotada y no era capaz de escribir nada. ¡Yo! Hecho insólito. Isa estuvo en todo, todo el rato, y pensé mucho en ella mientras estaba en el Wicked Carnival, intentando controlar todo lo que acontecía, no sé como lo hizo, un aplauso.
El desfile me pareció precioso, no sólo por la ropa, si no por el detalle de la lectura de fragmentos de libros por parte de las modelos. Fue todo un detalle y creo que hay que resaltarlo.

Tras acabar con el barullo en el hotel, cerramos la malera y nos fuimos a ver el Hostal, que Jessica, con quien lo compartíamos, nos definió como algo así como “antro con encanto” no recuero muy bien, pero yo lo interpreté así. El sitio era un hostal, pero tenía una salita como de casa familia, la típica casa de una madre de los 90, con los típicos pongo de boda de “pepita y manolo”, en una vitrina. La habitación me encantó, limpia, y con un baño amplio y con secador. Estuve encantada, la verdad.
Por la noche hubo cena, y luego, nos pasamos hablando hasta la 1 de la madrugada. A la mañana siguiente tuve la sensación que hacía años que conocía a Jessica, aun que apenas hacia 12 horas que la vi en persona, fue algo muy curioso, y un gran recuerdo que me llevo de Madrid.

Al día siguiente llovía más fuerte, y teníamos que ir a la tea party, nos resguardamos en un café (bueno llamémoslo Dankin Donuts) y esperamos a que cayera la tromba de agua. Ahí nos despedimos de Jessica, que tenía que volver a casa, y Magda y yo, cual siamesas todo el fin de semana, nos fuimos a Panda, una pastelería japonesa de alto nivel. Ahí hicimos valentines, y charle con Marie y Azu, sobretodo, me reí mucho, y Marie intento comunicarse en catalán, y recibimos valentines al estilo “Cataluña”. Disfruté mucho de la Tea party, por que no tenía tantas tareas entre manos, y pude conocer algo mejor a las asistentes. Pido perdón si no me dirigí a vosotras, en ocasiones me abruma la timidez.

Tras la tea party, yo quería ir Al Prado, no puedo ir a Madrid sin ir al Prado, y hicimos una visita express por El Bosco, Velazquez y otros tantos, y nos fuimos corriendo a por nuestro equipaje. De nuevo el cargado equipaje nos lastraba, y aun quedaban 6 horas de tren hasta Barcelona (con parada en Valencia), donde, evidentemente, preparamos todo el juego del Wicked Carnival, y por eso, Damas y Caballeros, fue tan divertido.



Me llevo muy buen sabor de boca de este fin de semana, de conocer en persona a tanta gente, de visitar mi museo favorito una vez más, y poder vivir un evento de estas dimensiones. Apenas hice fotos, pero en mi mente queda gravado todos esos momentos. Gracias a todas las que hicisteis posible este fin de semana.